Santiago Garmendia - Doctor en Filosofía (UNT)

La palabra creencia tiene en filosofía y en la ciencia el significado de un conocimiento no verificado, y por lo tanto debatible, "creo pero no estoy seguro, habría que ver". En el uso religioso -y también muchas veces en el uso político- se trata de un núcleo incuestionable, "estas son mis creencias, nadie las toque". En el caso de Pablo Albarracín confluye por un lado el saber médico que ha avanzado de modo indudable, con la negativa de un grupo a realizar la práctica de la transfusión de sangre. Llama la atención que este grupo no se niega a tantas otras que se han logrado, paradójicamente, bajo los mismos principios. Todos basados en la convicción de que los humanos somos falibles. Nuestro conocimiento siempre debe ser testeado y no es absoluto. Las razones para la negativa a la transfusión se encuentran, al parecer, en la forma de interpretar un pasaje bíblico. El filósofo Phillip Kitcher ha sostenido, creo que con razón, que no hay mayor fuente de erosión de las religiones de libro que la contingencia histórica absolutamente comprobable de los preceptos. Sin ir más lejos, el episodio de Barrabás no parece ser sino una treta inteligentísima para exculpar a los romanos del asesinato de Jesús, en vistas a que era necesario entronar la religión católica en el imperio y su prontuario homicida-deicida era más problemático que el del casi Procurador de la Nación.

El verdadero Poncio Pilatos que se lava las manos resulta ser otro. No creo que deba obligarse a alguien a ir en contra de sus creencias. Pero también pienso que se debe ser responsable en el contenido de esas creencias: lo digo no sólo a los Pablo (hay una lista muy importante de casos como el suyo), sino a todos los niveles de las instituciones religiosas. ¿Es para este grupo el Director del Hospital de Niños un mata almas? ¿Qué pasaría si mi hijo va a un hospital manejado por un grupo que sostiene una creencia como la de Pablo?